La leyenda del Lago de Cuitzeo

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Una hermosa joven princesa vivía sola y triste en un jardín de la Madre Naturaleza o Cuerauáperi. Así la llamaba la tribu.

En ese lugar habían dos ríos cristalinos que la diosa creó para entretener a la doncella, pero nada parecía ponerla contenta.

Su padre la obligó a quedarse aquí.

Siempre triste Hapunda se pasaba todo el día llorando.

Sus lágrimas corrían a mezclarse con el agua de las fuentes.

Arrancando llantos a las rocas, las lágrimas de Hapunda no llegaban al corazón de los dioses.

Rogaba que regresara su amado guerrero que, bajo las órdenes de su padre el rey, había ido al campo de batalla a luchar por los suyos.

Una mañana que Huriata (el padre Sol) se veía majestuoso sobre las montañas, desfilaban por el prado Cuaracurio (donde está la ardilla), cientos de guerreros.

El ruido de las cuiringuas y caracoles asustó a un tzintzuni (colibrí) que tomaba la miel que Hapunda le ofrecía.

La princesa se puso triste cuando el colibrí se fue. Recordó la partida de su amado que jamás lo volvería a ver.

Corrió entre la maleza para ver al ejército que regresaba y ver a su amado.

Preguntó por su amado a los guerreros quienes bajaban la cabeza y seguían caminando. Buscó a su padre y le dijo:

«Padre mío devuélveme a mi amado que partió junto con tu ejército cumpliendo tus órdenes.

Ya que te empeñaste en que debía regresar vencedor para hacerse merecedor de mi amor».

Todos guardaron silencio. El rey alzó su lanza y se arrodillaron para escucharlo.

Hija mía, Hapunda, tzitziqui (flor), la flecha de un chichimeca, de entre todos mis guerreros a él escogió.

Tata Huriata quería su sangre y a sus pies he depositado su corazón. Los ojos de la princesa se llenaron de lágrimas.

Con los ojos extraviados buscó el dios Sol. Sabía que el corazón de su amado estaba ahí. Siguió el rumbo de la luz.

Los sacerdotes no pudieron resistir el ímpetu de Hapunda de lo que quedaba de su hombre, corriendo bajó hasta el valle.

Su mirada buscó dónde guardar el despojo sangrante. Se mostraba agresiva con quien intentara acercarse a ella o quitarle el órgano recuperado.

No escuchaba la voz de su padre y de los guerreros que la llamaban.

Pronto cayó la noche. Hapunda inmóvil y en silencio abrazaba ese objeto sangrante. Lloraba y pronunciaba algo que nadie entendía.

No dejaba de llorar y sus lágrimas inundaron todo el valle. La tribu fue a descansar.

El rey ordenó dejar sola a su hija para que llorara su pena, él pensaba que con el tiempo se enamoraría de alguien que fuera de su misma estirpe.

Al amanecer, el rey, sus guerreros y el pueblo quedaron sorprendidos al ver el valle desaparecido

Y, en su lugar, había «una gran laguna que abrazaba con sus aguas un corazón. Así se formó una laguna que fue llamada de Cuitzeo»

Fuente Sitquije