Convento de las Rosas

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La leyenda del perro de piedra

En el patio del Convento de las Rosas sucedió el hecho fantástico que voy a referir según me lo contó una viejecita asilada allí hace muchos años, dado que falleció de ciento cuatro años y fue criada del convento.

Doña Juana de Moncada, condesa de Altamira después de enviudar quiso pasar el resto de su vida recluida en una casa religiosa de Valladolid. Y al efecto, escogió el Colegio y Convento de las Rosas donde se educaban muchas niñas nobles de la Nueva España. Ella podía ser maestra, pues dada su posición social y sus caudales había aprendido toda la cultura de su tiempo. Tocaba el órgano, la clave y la guitarra admirablemente; las labores femeniles de bordado en lino y en seda con hilo y con sedas de colores la habían hecho famosa; tejía como la araña, encajes de una finura y primor incomparables; cantaba como ruiseñor; leía y escribía gallardamente. En fin era una maestra consumada.

Había enviudado joven y sin familia y no quiso ver expuesta su hermosura, que era mucha, a los embates del mundo y las pasiones que siempre se ensañan contra las viudas. No quería tampoco contraer segundas nupcias; porque sabía que aunque ella era todavía joven y la hermosura no la había abandonado, sus pretendientes mas bien querían casarse con sus caudales que con ella. Y así decidió enclaustrarse.

Era de majestuosa presencia. Todas las damas de su familia como ella habían tenido un talento superior y una cultura nada común aun entre los miembros de su clase. Había heredado la barba partida y los hoyuelos en los carrillos de los Moncada. Su color era levemente moreno y sonrosado. Su piel limpia y fina como pétalo de azalea, mostraba a las claras la pureza de sus costumbres. Sus ojos negros y brillantes con sus cercos de pestañas crespas, nadaban como en un mar de luz. Sus labios delgados y purpúreos como herida recién abierta. Sus dientes como dos sartas de perlas. Su hablar cadencioso, mesurado y pintoresco. Reservada, prudente y oportuna. En fin adornada de cualidades no comunes que mucho aprovecharían a las educandas de Santa Rosa.

Mas entre todas esas cualidades que brillaban como estrellas en un cielo despejado y sereno, había un defecto y era el amor que tenía a un mastín grande y poderoso, de la raza que cultivó con grande y decidido empeño el emperador don Carlos V en España y los Países Bajos. Un mastín flamenco, respetable y bravo como pocos. Capaz de ahuyentar con sus ladridos al agresor más audaz y valiente. Capaz de destrozar con su doble dentadura a un hombre como a un lobo, si se le ponían delante en actitud agresiva. Por el contrario a las mujeres veía con cariño, casi con respeto, las halagaba con los ojos y con la cola, parándose en las patas traseras y echándoles sus manos en los hombros. A ninguna ladraba ni mucho menos mordía, y sí las cuidaba con celo, librándolas de cualquier desaguisado. Se llamaba Pontealegre, comía mucho y no se despegaba un momento de su señora. Lo trajo consigo de España y lo llevó al convento.

Allí era el regocijo, aunque ya estaba viejo, de religiosas y de niñas en las horas de recreo. Cómo corría hasta sacar la lengua de dos cuartas, cómo saltaba para alcanzar con el hocico la piedra que le tiraban, qué vueltas daba como rehilete cuando alguna colegiala le agarraba la cola, poniéndole algún colgajo de papel o bolita de merino. Se volvía chiquito cuando jugaban con él. Era, además, el azote de las ratas. No dejaba una con vida de día o de noche, en la huerta o en las bodegas. Por lo cual se hizo querer mucho por la comunidad de Santa Rosa.
Había en el colegio en esa misma época una joven educanda que procedente de Guadalajara recibía su instrucción allí. Era bella sobre toda ponderación: de estatura regular frisaba en los quince abriles. Le llamaban Remedios de la Cuesta. Era blanca como pétalo de azucena; rubia como unos oros; de ojos azules como el cielo. De talento claro y de carácter apacible y sereno. Aún existe el amplio mirador del Colegio de las Rosas. Desde el ábside de la iglesia y a lo largo del frente hasta la esquina corre una arquería de columnas monolíticas, defendidos los intercolumnios con barandales de hierro labrado a martillo.

Entonces, como no había tanta casa de altos, se gozaba desde allí de un hermoso panorama. Por encima de las casas se veía la loma de Santa María de los Altos y las altas y azules serranías que dibujan por el sur el horizonte de Morelia. A ese mirador salían los jueves los domingos a solazarse las alumnas y por lo mismo no faltaban ya en la plazuela, ya en las esquinas de las calles adyacentes, muchos galanes que miraban a las colegialas con tiernos y enamorados ojos.

Era la primera vez que salía al mirador Remedios de la Cuesta y después del asombro general, llamó la atención del garrido alférez don Julián de Castro y Montaño, hijo segundo de don Pedro de Castro y Montaño, conde único de Soto Mayor. Este joven militar que había empezado su carrera sirviendo al rey en Africa, vino a Valladolid desde España a visitar a su familia que hacía tiempo allí estaba radicada, por motivos de agricultura. Se enamoró perdidamente de Remedios y decidió escribirle en seguida. Ella no quiso ligar todavía su voluntad ni mucho menos su vida con los lazos inquebrantables del matrimonio. Su rotunda negativa excitó la cólera del alférez que no estaba acostumbrado a esos menosprecios y sin más ni más se decidió a raptarla del colegio como en aquel entonces se estilaba, para lo cual tomó a fuerza de dinero todos los datos conducentes.

Era una obscura y silenciosa noche de invierno. Era tal el frío que poco faltaba para que comenzase a helar. Las estrellas relucían centelleantes sobre el negro fondo del cielo. Los perros estaban ateridos de frío y no ladraban para nada. El aire quieto y envuelto en sombras invadía las calles que conducían al colegio. En tanto un grupo de hombres con careta y con linternas que mal se ocultaban entre los anchos pliegues de sus capas marchaban cautelosos por detrás del colegio a lo largo del muro altísimo que lo circunda. Una vez llegados a la puerta falsa que aún se conserva tapiada, uno de ellos hace saltar el pasador de la cerradura con la punta de su daga toledana, y se abre la pesada puerta chirriando en sus enmohecidos goznes. Entran silenciosamente de uno en uno hasta cinco enmascarados, guiándolos el que parecía mandarlos, y no era otro, visto a la luz de las linternas que brillaban como fuegos fatuos, que don Julián de Castro y Montaño. Cerraron tras sí la puerta y se encaminaron paso a paso por entre las calles de la huerta, envuelta en sombras y en perfumes de violeta y arrayán. No habían andado mucho cuando Pontealegre los sintió, lanzándose como un león sobre ellos. No esperaban el ataque furioso del perro. Se retiraron un poco para mejor combatir con sus espadas desnudas; pero el perro que erizado parecía colosal entre las sombras se lanzó contra don Julian mordiéndole la yugular. Un torrente de sangre brotaba de su cuello destrozado.

En cuanto los otros vieron a su jefe muerto acometieron por todos lados al valiente perro dejándolo traspasado de heridas al lado del desdeñado amante de Remedios de la Cuesta. Huyeron los acompañantes del alférez sin dejar más rastro que los dos cadáveres tendidos sobre el césped cubierto del rocío de la mañana.

Esta había llegado alegre y bulliciosa. Las campanas de los templos gritaban como locas, llamando a los fieles a las misas de aguinaldo. Los pájaros cantaban como pidiendo en voces melancólicas la retirada del invierno y la pronta llegada de la tibia primavera, para comenzar a edificar sus nidos. Religiosas y alumnas desperezándose al toque de la campana del colegio se encaminaron en filas al coro del templo para asistir a la misa de aguinaldo. Los churriguerescos colaterales brillaban como ascuas de oro a la luz de las ceras que ardían en las arañas de cincelada plata. Las blasonadas puertas de la iglesia, abiertas de par en par daban paso a los fieles que iban inundándola. Al lado del evangelio sobre una mesa cubierta de rico brocado de oro sembrado de rosas de Alejandría, se destacaban los peregrinos, caminando sobre un prado de musgo, en dirección a Belén. La Virgen iba sentada en una burrita vivaracha de brillantes ojos de esmalte y orejitas muy erguidas y cruzadas, como si temiese algún peligro. A su lado, José empuñando a guisa de báculo una vara florida de plata, cubierta la cabeza con sombrerito de paja. Por delante el arcángel vestido de lujoso traje de oro y seda llevando en la mano la brida de la burrita. Y todo el grupo a la sombra de una frondosa palmera. En el cuerpo de la iglesia infinidad de farolillos venecianos de colores entre flotantes guedejas de heno pendientes de hilos invisibles se mecían en el ambiente como luciérnagas. Empieza la misa entre nubes de incienso y sonoros acordes de órgano acompañados del estruendo de las panderetas, de los cascabeles, de los pajaritos de agua y de los chinescos de los niños. !Cuánta alegría en los semblantes y cuanta paz en el corazón! Llegan los momentos en que el sacerdote inclinándose sobre el altar consagra el pan y el vino. Entonces, cesa el ruido, calla el órgano y se prosternan los fieles entre las blancas nubes de incienso que brotan de encendidos carbones de los incensarios de oro. Pero al acabar de alzar la hostia y el cáliz, se desata el órgano en un torrente desbordado de acordes sonoros y brillantes que de eco en eco se van repitiendo en los ámbitos de la iglesia, hasta perderse en el espacio.

Termina la misa, cuando cunde por todo el convento que Pontealegre ha matado en la huerta por la noche a aquel señorito apuesto y gallardo que perseguía a Remedios y que de seguro se metió furtivamente en la huerta con no muy buenas intenciones. Mas el propio perro había sido muerto en el combate por multitud de heridas que bien a las claras demostraban la presencia de otros hombres que acompañaban al alférez. La superiora que ya lo era doña Juana de Moncada, dio pronto aviso a las autoridades virreinales acerca del suceso para que hicieran las averiguaciones del caso, que conmovió tanto a los pacíficos y nobles moradores de Valladolid.
En cuanto acabo en el convento el bullicio de la autoridad por haber sacado el yerto cuerpo del joven alférez, las religiosas y las alumnas hicieron los correspondientes funerales al salvador de Remedios y del colegio, al famoso Pontealegre. Y como un monumento a su memoria erigieron la columna de granito rojo en medio de la fuente tapizada de brillantes azulejos de Talavera de la Reina, sobre cuyo capitel jónico, se destaca un perro fantástico por cuyas entreabiertas fauces sale un borbollón de agua fresca y cristalina, cayendo espumosa en la taza de la fuente que murmura entre el follaje tranquila y cadenciosa.

Ariadna P. Páez