Montan Altar de Dolores en el Centro Cultural Antiguo Colegio Jesuita

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Redacción Morelia Invita 12/Abril/2017

Con motivo de la celebración de la Semana Santa, la Secretaría de Cultura de Michoacán (Secum), que encabeza Silvia Figueroa Zamudio, ha preparado diversas actividades propias para la ocasión, entre ellas el montaje del Altar de Dolores en el Centro Cultural Antiguo Colegio Jesuita, ubicado en Pátzcuaro.

Raúl Calderón Gordillo, responsable del recinto cultural, explicó que es de esta manera como desde hace 7 años se suman a la invitación extendida por el ayuntamiento municipal, a través de su Dirección de Cultura, como parte de las celebraciones de la también conocida Semana Mayor.

Agregó que como parte de esta celebración religiosa, se llevan a cabo recorridos por los diferentes altares colocados en diferentes espacios de la ciudad.

Fueron Blanca Eliud Bastida García, Iveth Cervantes López, Gerardo Rojas Saavedra y Víctor Alfonso Gutiérrez Chávez, quienes laboran en dicho recinto cultural, los encargados de montar el altar con apoyo de Alma Gloria Chávez Castillo, del Museo de Artes e Industrias Populares de Pátzcuaro (INAH).

En Pátzcuaro el Altar de Dolores es una tradición preservada por algunos de sus habitantes, entre ellos quienes viven en las principales calles del centro de la ciudad por las plazas Vasco de Quiroga y Gertrudis Bocanegra. En dichos altares, que se pueden visitar durante ese día y toda la Semana Santa, se pueden apreciar varios elementos como ‘banderitas’ de color oro, veladoras, trigo, esferas, aguas de colores, flores y por supuesto una imagen de La Dolorosa, en la mayoría de los casos propiedad de las mismas familias.

Desde hace algunos años, el ayuntamiento de Pátzcuaro ha retomado esta tradición consistente en el montaje del Magno Altar que se coloca en el portal principal, afuera de Palacio Municipal.

Sobre el Altar de Dolores

De acuerdo con información proporcionada por integrantes del Centro Cultural Antiguo Colegio Jesuita, desde la segunda mitad del siglo XVII, de 1660 aproximadamente, dio inicio en nuestro país la tradición de “levantar” (construir), el sexto viernes de Cuaresma, los llamados “incendios” o Altares de Dolores. Éstos se consagran a los sufrimientos que la Virgen María padecería durante la semana de Pasión de su hijo Jesucristo, simbolizados en las siete espadas que atraviesan su corazón.

Estas construcciones efímeras, colocadas solo durante pocos días, son un homenaje para demostrar que la Madre de Dios no se encuentra sola, en su penar, y así estará acompañada por la piedad de los fieles. Por ejemplo, las alfombras de flores, semillas y aserrín coloreado son una manera de hacer menos penoso su camino por “la Calle de la Amargura”; el trigo germinado, hecho crecer con las lágrimas de sus ojos, alude a su fecundidad como mujer corredentora de la humanidad, al tiempo que sugiere la materia prima con la que se elabora la Sagrada Forma o la Eucaristía.  Las aguas de colores, siempre en vistosos botellones, recuerdan también sus lágrimas derramadas a los pies de la cruz.  El color característico de su manto es morado, en memoria de la Pasión.  Siempre acompañan a la Dolorosa, angelitos pasionarios, es decir, que cargan las “armas de Cristo”: cruz, corona de espinas, esponja, lanza y manto de la Verónica.

La devoción a Nuestra Señora de los Dolores fue impulsada por la Iglesia desde el año 1200, sobre todo por los padres servitas (franciscanos), aunque  con el tiempo fueron los miembros de la Compañía de Jesús, conocidos como Jesuitas, los que dieron más difusión a este culto en México. En la capital de la Nueva España, durante el siglo XVIII y XIX, el Viernes de Dolores era también un colorido paseo, conocido como “Jamaica de las Flores”, en las que todo el pueblo, pobre o rico, se reunía en la Acequia de Roldán o el Canal de la Viga para comprar las flores, que venían desde las chinampas Iztacalco o Santa Anita.  Por la noche del mismo viernes, las familias capitalinas y las de la región del Bajío acostumbraban mostrar sus “incendios”, colocados en la sala de sus casas, convidando a sus invitados con un vaso de agua fresca para aliviar los calores de la primavera y compartir, de cerca, los misterios de la Pasión.

En realidad, esta tradición de los Altares de Dolores pretendía, con el brillo de las banderitas de oro, la cera escamada o labrada, el juego de color del vidrio azogado de las esferas y el aroma de las flores, conmover a los fieles a través de los sentidos de la vista y el olfato, para así, exaltar su compasión por las aflicciones de la Virgen Santísima.

En el antiguo Santuario de Guadalupe, la Virgen de los Dolores tenía su altar permanente y durante su fiesta, todo el cabildo la celebraba con un oficio especial, que incluía la participación de su capilla musical (hoy coro de infantes), que entonaba en esa ocasión el Stabat Mater, que es el canto ofrecido en desagravio a este duro trance de la Pasión.