Tupátaro, Michoacán, casa de la Capilla Sixtina de América Latina

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Por: Ana Paola Ortiz Maya

Una construcción del siglo XVI donde la vida y la muerte habitan el mismo espacio, cuando entras, se pueden sentir los olores que han ido dejando el pasar de los años y los sueños que en ella plasmaron. El templo principal de Tupátaro es una remota capilla de corazón barroco que se planta frente a las prisas de nuestra época para no dejarnos olvidar la memoria de lo que estamos hechos.

Lo primero que observan las miradas curiosas que llegan a su encuentro es una construcción de adobe frente a una cruz de piedra al centro del atrio que recibe y orienta a  los visitantes tanto como a los lugareños. De fachada austera y de interior esmerado, nos muestra la complejidad con que se adoptó la religión católica entre los antiguos pobladores de estas tierras. Del lado izquierdo, hallamos una torre que resguarda una silenciosa campana antigua y tiene como encargo vigilar sigilosa a los que entran al jardín donde descansan sus muertos.

Caminar sobre los restos de los que han vivido en este pueblo no termina cuando nos penetramos en los gruesos muros de la capilla, pues bajo el viejo piso de madera se encuentran noventa tumbas que fungen como moradas de los cuerpos de aquellos que fueron dejando su ingenio y alma en la obra de arte que veremos dentro.

De frente se encuentra un hermoso retablo cubierto en oro que se comenzó en 1725 y tardó treinta y seis años en darle la bienvenida a los fieles que acudían a Santiago Apóstol, santo del templo, para pedirle cualquier milagro que los ayudase a entender esta existencia tan divina como humana. El retablo contiene cuatro óleos laterales que plasman el dolor de la vida de Cristo, en el centro, la imagen del milagro del nacimiento de Jesús y por encima, el valiente Santiago Apóstol sobre su caballo blanco, santo militar que defiende a los cristianos frente a cualquier guerra que tengan que luchar. Tal como defendió a este retablo de los saqueos que se hicieron en la región durante la guerra cristera y lo conservó intacto hasta nuestros días.

En el altar se descubre también un frontal donde se celebran las misas que data del año 1765, una pieza única hecha de caña de maíz cubierta con lámina de plata. Es un relieve que simboliza el adornado arte barroco del siglo XVIII, repleto de flores y arcángeles que acompañan con sus detalles los pensamientos de los que observan el arte sintetizador de esta iglesia.

Y es imposible no posar largo rato la mirada en el techo de esta capilla, invaluable obra de arte de origen mineral y vegetal que se concluye en 1761 bajo la dirección del sacerdote Diego Fernández Blanco. Algunos de sus visitantes escucharon antes hablar o conocieron la Capilla Sixtina que plasmó Miguel Ángel en el Vaticano, y acuden a comprobar que exista
obra de magnitud similar en un aislado poblado de Michoacán. En efecto, si no es  comparable ni la época, ni el trazo, ni el material de su trabajo; lo que sí se repite en esta obra es el magnífico ingenio humano que se personifica en colores y formas de la historia de Cristo.

Desde los costados del techo nos observan los 33 arcángeles que, según la religión  católica, recorren la Tierra para resguardar nuestra alma del pecado y son los ojos de Dios en este mundo. Cada uno lleva los símbolos de la pasión de Cristo para combatir el mal –o el aburrimiento- existente entre los mortales, y en cada detalle nos muestran la esencia misma de aquellas almas valientes que realizaron este gran mural superior. Los pintores que dieron vida a esta magnífica obra tenían en su trazo la memoria prehispánica tanto como europea, pues habían pasado un par de siglos de la llegada de los españoles a Mesoamérica. Y ninguna de esas dos memorias fue descartada en las imágenes de la obra; colores y símbolos de los antiguos códices dan forma a la historia de los que llegaron a conquistar estas tierras.

Por último, se centran los episodios de la vida de María y de Cristo en doce cuadros principales. Desde el nacimiento hasta la resurrección, la vida y la muerte se plasman no como principio y final, sino como la continuidad misma. Y es justo esta la sensación con la que los visitantes parten, la idea de haber vivido en un mismo espacio y tiempo los dos puntos de partida que nos encuentran en nuestra humanidad. 1

1 Información recabada en el Templo de Santiago Apóstol en Tupátaro, villa del municipio de Huiramba, Michoacán. Conversación con Gloria Araceli Velázquez Reyes, guardiana autorizada por el INAH.